Pocas veces hablo de los miedos, por que yo, claro, no tengo miedos. No sé lo que es tener miedo. De chica la oscuridad nunca me obligó a dormir con la luz prendida, los aviones me emocionan y al mar, le tengo respeto, pero no me asusta. Las películas de terror las veo con los ojos abiertos.
Sin embargo, me doy cuenta que a esta edad, y a muchos de los que tenemos la misma edad, nos empiezan a surgir algunos interrogantes sobre la vida misma, y descubro que la raíz de todas esas preguntas no es más que... el miedo, sí señor. Aunque yo no lo pueda creer. Miedo a querer ser y no llegar a serlo, temor al paso del tiempo, pánico por sentirnos perdidos con nuestras vidas y no saber qué hacer, asustados por las decisiones que hay que tomar, no saber si son las correctas y la consecuencia de tenernos que hacer cargo de lo que pase, solos, porque ya estamos grandes para que madre, padre o tutor, nos firme la autorización. Horrorizados por darnos cuenta de que nos equivocamos hace mucho tiempo y ya no hay vuelta atrás.
Lo bueno es que no estamos solos, somos varios que nos sentimos así, que desconfiamos del futuro pero le queremos apostar por entero y ganarnos el gordo de Navidad. Por suerte no estamos solos y nos aconsejamos mutuamente, siempre hay una voz que te anima a subirte a la montaña rusa, no importa cuán alta sea ni cuántos rulos tenga. A veces hay que tomar una bocanada de aire y cerrar los ojos y confiar. No creo que lo que venimos construyendo hace tantos años esté tan errado.
Por eso te pido que me agarres de la mano, porque no te lo dije, pero hoy tengo miedo. Y sola no puedo.
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