miércoles

Hacele caso a tu estómago

Uno experimenta las cosas de la vida tanto al interior, como en el exterior. Los pensamientos pasan por la cabeza, las acciones pasan a nuestro alrededor y las sensaciones, por dentro.
Hay que tomar una decisión y no estás seguro de cuál es el camino que has de seguir. Lo hablaste con tus amigos, con tu familia, con tu pareja, sin embargo, nada de lo que dicen te convence. Es algo que tenés que charlar vos con vos y con tu... estómago.

Desde que tenés esto en la cabeza la comida ya no te cae bien, tenés menos hambre o, tal vez, más. Pero tenés una sensación que te recuerda constantemente que en el medio de tu cuerpo hay un órgano que también decide y que solo se va a tranquilizar cuando tomes la decisión correcta.

Algo te hace ruido en la mente y en la panza. Y no es el hambre ni la digestión. Te das cuenta que estás intranquilo, que tus intestinos están anudados como soga abandonada dentro de un cajón. Esto no se desatará hasta que te promulgues con una respuesta definitiva, la que te devuelva el hambre, la que te saque el dolor de estómago.

En el fondo, uno siempre sabe qué tiene que hacer, pasa que no sabemos prestar atención al cuerpo.

martes

El mundo de los grandes...

Yo tendría menos de 10 años. Me ponía una carterita verde flúo o, cuando podía, le robaba la rosa a mi hermana, que era mucho más linda. Jugaba a que salía de compras (tenía un fanatismo por ir al supermercado, vaya uno a entender por qué) y, caminando por mi habitación como recorriendo las góndolas, tomaba entre mi dedo mayor e índice un lápiz, y hacía que fumaba. Comía habanitos de chocolate... y fumaba. Iba a un restaurant donde había grisines... y fumaba. Estaba predestinado. No había chance de que no fuera fumadora.

A veces, cuando nadie me veía o madre estaba fuera de casa, le sacaba los zapatos de taco alto y los chancleteaba por toda la casa. Obvio que después, cuando mamá se los ponía, se daba cuenta que los había usado porque "están todos chuecos!", me gritaba. Yo solo quería ser una mujer elegante, que anduviera todo el día de tacones y siempre perfecta. Me gustaba el ruido del taco golpeando el piso. Las cosas cambian.

Quería trabajar en una oficina como la de papá, que tenía hojas en blanco para dibujar por todos lados. Yo pensaba que eso era un paraíso. Padre las traía a casa dentro de un sobre marrón que me hacía sentir importante. Era la secretaria de mi papá, wooooow. Re importante. Quería pasarme el día en ese estudio, con mis hojas en blanco.

Me gustaba el color que se formaba al mezclar la coca con la sprite, era una especie de borravino. Entonces yo jugaba a que tomaba un malbec, en copa, como la gente grande. El detalle era la copa. Hacer la misma mezcla en el vaso, no tenía tanta gracia.

Ahora ya no juego a nada. Ahora me toca hacer todas esas cosas, pero enserio. Y creo que me molesta cada una de ellas. Fumaba, y me di cuenta que era mejor dejar de fumar. Me di cuenta que es mucho mejor salir y tener ambas manos libres, ahora, con una cartera negra.

Intento optimizar mi tiempo, por lo que mientras me baño a la mañana, pienso qué me voy a poner ese día, e intento fervientemente combinar la ropa con los zapatos más bajitos que tengo. Que otra persona se banque los tacos 15 horas. Encima, el ruido que hacen contra el piso, me aturde.

Paso muchas horas en una oficina, con montones de hojas en blanco por todos lados. Pero de paraíso tiene poco y nada. Tengo que viajar una hora para llegar, otra hora para volver. Tomar el subte y morirme de calor ahí enlatada cual sardina. Pensar que 15 años atrás me parecía divertido el subte. En realidad, el problema es que ya no tengo tiempo de ponerme a dibujar, con suerte solo estrellitas en el anotador que tengo a mi lado.

Pasó el tiempo y todos esos juegos se hicieron realidad. Pero con ciertos bemoles... de juego no tienen nada. Simplemente son parte de la vida cotidiana de la gente grande. Y el mundo de los grandes... apesta.