Es bastante frecuente creer que estando lejos se pueden solucionar todos los problemas, que podemos olvidar nombres y caras, podemos superar dolores, podemos dejar de llorar. Yo, por lo menos, estaba convencida de eso. Creo que olvidé durante los primeros 15 días, creo que reí durante los siguientes veinte, pero con el paso del tiempo, todos los fantasmas fueron apareciendo. O por lo menos uno lo veía bien nítido. De repente lo tenía sentado ahí, en la mesa conmigo, tomando una cerveza. Menos mal que era, aunque sea, un encuentro amigable, pese a que mi cara estaba medio pálida.
Claro, algún día tenía que llegar el momento de pegar la vuelta, y cuando estaba en el avión, me di cuenta que mis problemas volvían conmigo. Lamentablemente no se perdieron en el aeropuerto como Kevin McAllister. No, señor. Estaban sentados en el taxi, a mi lado, volviendo a casa, donde iba a tener que resolverlos, sin olvidar, sin llorar. Y sabés qué? Acá, sin irme tan lejos, lo logré.
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