Yo tendría menos de 10 años. Me ponía una carterita verde flúo o, cuando podía, le robaba la rosa a mi hermana, que era mucho más linda. Jugaba a que salía de compras (tenía un fanatismo por ir al supermercado, vaya uno a entender por qué) y, caminando por mi habitación como recorriendo las góndolas, tomaba entre mi dedo mayor e índice un lápiz, y hacía que fumaba. Comía habanitos de chocolate... y fumaba. Iba a un restaurant donde había grisines... y fumaba. Estaba predestinado. No había chance de que no fuera fumadora.
A veces, cuando nadie me veía o madre estaba fuera de casa, le sacaba los zapatos de taco alto y los chancleteaba por toda la casa. Obvio que después, cuando mamá se los ponía, se daba cuenta que los había usado porque "están todos chuecos!", me gritaba. Yo solo quería ser una mujer elegante, que anduviera todo el día de tacones y siempre perfecta. Me gustaba el ruido del taco golpeando el piso. Las cosas cambian.
Quería trabajar en una oficina como la de papá, que tenía hojas en blanco para dibujar por todos lados. Yo pensaba que eso era un paraíso. Padre las traía a casa dentro de un sobre marrón que me hacía sentir importante. Era la secretaria de mi papá, wooooow. Re importante. Quería pasarme el día en ese estudio, con mis hojas en blanco.
Me gustaba el color que se formaba al mezclar la coca con la sprite, era una especie de borravino. Entonces yo jugaba a que tomaba un malbec, en copa, como la gente grande. El detalle era la copa. Hacer la misma mezcla en el vaso, no tenía tanta gracia.
Ahora ya no juego a nada. Ahora me toca hacer todas esas cosas, pero enserio. Y creo que me molesta cada una de ellas. Fumaba, y me di cuenta que era mejor dejar de fumar. Me di cuenta que es mucho mejor salir y tener ambas manos libres, ahora, con una cartera negra.
Intento optimizar mi tiempo, por lo que mientras me baño a la mañana, pienso qué me voy a poner ese día, e intento fervientemente combinar la ropa con los zapatos más bajitos que tengo. Que otra persona se banque los tacos 15 horas. Encima, el ruido que hacen contra el piso, me aturde.
Paso muchas horas en una oficina, con montones de hojas en blanco por todos lados. Pero de paraíso tiene poco y nada. Tengo que viajar una hora para llegar, otra hora para volver. Tomar el subte y morirme de calor ahí enlatada cual sardina. Pensar que 15 años atrás me parecía divertido el subte. En realidad, el problema es que ya no tengo tiempo de ponerme a dibujar, con suerte solo estrellitas en el anotador que tengo a mi lado.
Pasó el tiempo y todos esos juegos se hicieron realidad. Pero con ciertos bemoles... de juego no tienen nada. Simplemente son parte de la vida cotidiana de la gente grande. Y el mundo de los grandes... apesta.
martes
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1 comentario:
Sigamos jugando!! La vida es un juego y la muerte es una mamá que te llama para tomar la leche. (No es mía la analogía, pero vale!).
Mañana cuando vaya a trabajar voy a hacer de cuenta que estoy jugando a ser grande y ponerme zapatos. Gracias por la idea :)
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