martes

Como la vaca al Toro

A veces pensamos tanto, que nos perdemos en tantos pensamientos. Los mismos se convierten en laberintos de los que no podemos salir. Inventamos nuevas hipótesis de las que quedamos prisioneros sin hallar la respuesta. Cómo nos gustaría siempre saber las respuestas... y sin embargo, hasta nos da miedo preguntar.
Qué tendrán las preguntas que tanto nos asustan... y viste que cuando uno las pronuncia en voz alta.. se libera.

Hay preguntas que ni siquiera tienen respuestas. Entonces... Pueden llamarse preguntas?
Pero ahí esta la gracia. En jugarse. Preguntá, no importa que venga después. Si el diluvio universal, o la magia de Disney.

Nos volvemos rumiantes. masticamos la pregunta de un lado y la pasamos del otro. Y seguimos masticando. La tragas, y cuando crees que superaste el tema en cuestión, de repente, mientras vas caminando, vuelve a subir, sentís como va trepando por la garganta, para seguir masticandola. Claramente nada estaba resuelto. Necesitas gritar, pero así y todo no decís nada.

Sabés qué? Disculpame que te moleste, pero tengo algo que preguntarte. Tal vez te parezca una loca, quizás pensás que soy una tarada, pero a mí me pasa esto y. Y yo no sé si a vos te pasará lo mismo, pero yo tenía que decirtelo, aunque te parezca cualquiera. Y blablablablablabla. Das mil vueltas para excusarte de lo que tenés que decir y transformas la charla en un mero monólogo. Y hasta te perdés en lo que tenías que decir. Tanto masticar mezcló todo en un mismo bolo.
Te callas, y das lugar a que el otro tenga la oportunidad de decir algo. "Sabés qué? a mí me pasa lo mismo".

Había que preguntar nomás. Al final, no era tan necesario rumiar.

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